Yo empujaba el árbol, contenía el resorte de mi pierna doblada, plegaba una y estiraba otra a ras del suelo. Y ella, ahí, con su pico y su pulserita verdes, recelosa, como yo.
Sobrepasé la furgoneta-consigna y me disponía a agregarme a la corriente de participantes que calentaban, cuando oigo que me llaman.
Es una mujer veterana avanzada con varias medallas en competiciones nacionales y europeas, con la que he coincidido en las dos últimas carreras. Nos ponemos a trotar. Me dice que va a correr conmigo, que ya ha avisado para que no se preocupen... Le digo que cuando lo vea, que siga para adelante, que yo iré a menor ritmo.
Saludo a otro chico que conocí en el Jurásico (¿un viejo amigo? No. Le conocí en la "Carrera del Jurásico").
Vamos los tres juntos por "el kilometrín", el circuito del emblemático parque de Isabel la Católica, en Gijón, y yo, me convierto en una corredora obstruccionista que intenta recorrer la distancia más pequeña posible con la mayor lentitud -todo se incluye en mi tacómetro-.
Despegamos desde el fondo. El tumulto me viene bien, pero pronto se disuelve.
Mi compañera de carrera me advierte que le parece que voy muy rápido. Es mi idea, aminorar, pero no lo consigo.
Un policía motorizado nos anima a acelerar para no quedarnos descolgadas. De modo que por fín logro ralentizarme...
Dialogo con la veterana avanzada. Por alguna razón, me dice que yo no diga nada que ya habla ella... Y yo lo agradezco infinitamente.
Me pregunta a menudo que cómo voy, me marca los kilómetros hechos cuando aun falta, y me dice los pocos restantes cuando ya la tenemos prácticamente hecha.
Los agentes devuelven al orden a esos peatones con tablas de surf que pretenden atravesársenos a escasos metros por delante. Aunque no pueden hacer nada con esas bocinas que se escuchan.
Al oirlas, me recreo en la idea de venganza por las veces que alguno de ellos me habrá increpado al volante o lo hará, injustificadamente, un día de éstos.
Se me ocurre que el motorista adjunto no pierde el equilibrio ni se le cala la moto, y eso debe ser una buena señal acerca del ritmo que llevamos. Aunque siento curiosidad por el dato inverso de Km/h e intento ojear el velocímetro. Desisto porque me aturullo con el salpicadero.
Nos aproximamos al final, kilómetro 11'7. Gente con dorsales, ya de recogida, avanzan hacia nosotras y nos dedican palmas y jaleo. Nos crecemos.
En las puertas del estadio, otro chico que se adelanta. Mi compañera da un gritito ilusionado, se desvía ligeramente y besa al chico.
Seguimos. Dos corredores nos advierten de que lleguemos hasta la tercera meta. Ahí está.
Puedo escuchar el clamor de las gradas.
Los hombres con lector reclaman a mi compinche, que pasa de largo.
Los cajeros nos leen los código de barras.
Otro conocido de competiciones se me acerca -esta vez no ha participado-. Las puertas abiertas de la furgoneta-consigna dejan ver la última mochila que queda por recoger.
Espero resultados y entrega de trofeos con los "corredores de la curva": 1:08:36.
Yo llevaba un billete ligero para unas sanas cañas, pero he terminado rodando 2000 metros en el kilometrín...






